El Costo de Oportunidad Inesperado - Capítulo 7: Palabras de Hierro
Capítulo 7: Palabras de Hierro
El verano no se hizo esperar. En un abrir y cerrar de ojos,
los frutos de la primavera fueron nutridos por una copiosa lluvia. De forma
casi poética, junio se encargó de devolver, de golpe, toda el agua que el resto
del año había retenido, desatando una tormenta que imbuía la ciudad de una
atmósfera digna de un libro de suspenso gótico.
Esa tarde, Mateo regresaba del trabajo empapado de pies a
cabeza, pero portando una sonrisa que contrastaba con el tono gris de la
ciudad. A distancia podía percibirse cómo esa sonrisa irradiaba un amarillo
vívido a su alrededor y contagiaba a quien se cruzara en el camino del
muchacho.
—¡Buenas tardes! —decía al cruzarse con cualquier
desconocido, y con cada persona que encontraba, esa sonrisa crecía más. Sentía
tal felicidad en la "barriga" que no podía contenerla; era como si se
desbordara por cuenta propia.
Unas horas antes, al llegar al trabajo a las 6:00 a.m. como
era su costumbre, se encontró con el dueño, un hombre ya entrado en años,
honesto, trabajador y de buen corazón, que en su momento dio al muchacho la
oportunidad de demostrar al mundo que podía cambiar con su primer empleo como
hombre de bien. Nadie conocía mejor a Mateo, pues fue justo él quien lo había
enviado a la cárcel por robar pan tiempo atrás, por lo que había sido testigo
de primera fila en la transformación del muchacho. Don Joaquín le explicó a
Mateo que había decidido retirarse y quería que él se encargara de la tienda.
Esa noticia lo llenó de orgullo, pues era la recompensa perfecta a sus
esfuerzos. Una promoción bien ganada, pues desde que el muchacho hiciera el
primer trato con Don Joaquín por el litro de leche y comenzara con sus ideas de
los 20 segundos para cualquier cosa en la tienda, no hacía más que buscar
formas de hacer todo de manera más eficiente.
—¡Don Joaquín, ¿qué le parece si ponemos los sabores de los
cafés más cerca de la máquina?! —sugirió Mateo en una ocasión—. Así será más
probable que elijan tomarlos que si tuvieran que pedirlos en la caja como
siempre.
—Don Joaquín, ¿qué tal si ponemos un anuncio fuera con la
charola del pan del final del día para que los menos afortunados los tomen y no
pasen la noche con el estómago vacío? De cualquier manera, lo vamos a tirar.
Ideas como esas hicieron cambios significativos en la
tienda, aumentando ventas y reduciendo la merma. Además, se dieron menos robos;
las personas que tomaban el pan no se veían en necesidad de robar, y por el
contrario, su presencia fuera del local por las noches ahuyentaba a cualquier
maleante.
Con toda la felicidad que sentía, Mateo compró una camisa de segunda mano para celebrar la ocasión y marcar el comienzo de su nuevo puesto. Recordó que Don Elías siempre decía: "Si quieres que una prenda luzca impecable, ve con Luciano. Él entiende la importancia de un atuendo bien cuidado, que no solo protege del ambiente, sino que puede dotar de valor y seguridad a quien lo porta, protegiéndolo así también de las inclemencias emocionales".
Así que sin pensarlo dos veces, hizo una visita a un hombre
que, por las pláticas de Don Elías, ya sentía como un amigo aun sin conocerlo
en persona.
—Buenas tardes, ¿Don Luciano?
—¡Adelante, muchacho! ¿En qué puedo servirte?
—Verá, vengo aquí por recomendación de Don Elías.
Luciano sonrió, apoyándose en el mostrador.
—No digas más, ya sé quién eres. ¿Eres Mateo, verdad?
—Sí, ¿cómo lo supo?
—Ese viejo no hace más que hablar de ti. ¡Y además, su
círculo suele rondar los setenta años! Así que no es difícil identificar al
único joven con quien convive tanto como para hablarle de esta tienda, que por
cierto está a un paso de ser reconocida como el asilo de la ciudad, pues solo
los viejos la frecuentan.
—Qué va, más que viejos yo les diría conocedores —replicó
Mateo con una risa.
—¡Eso es, muchacho! Ya me caíste bien. ¿Entonces qué te trae
por aquí?
—Verá, acabo de recibir la noticia de que me dejarán a cargo
de la tienda. Como el presupuesto es apretado, pero quiero celebrarlo, compré
esta camisa en la tienda de segunda mano. De acuerdo con Don Elías, si hay
alguien que pueda regresar su brillo a las cosas es usted, y yo la quiero
resplandeciente para el lunes.
Luciano tomó la camisa, inspeccionándola con ojo experto.
—No solo brillarás, sino que vas a deslumbrar a las
personas, muchacho. Cuenta con ello.
—¿Qué traes en esa bolsa? —preguntó Luciano, señalando un
bulto en la mano de Mateo.
Mateo desató la bolsa de papel. —Son unos chocolates. Sabe,
hace tiempo que paso por la fuente y vi a una niña vendiendo chicles de manera
regular. El otro día Don Elías me dio cien pesos para que yo hiciera un cambio
y decidí ayudarla para que regresara a la escuela. Esos cien pesos me
permitieron comprarle sus chicles y ahora se venden en la tienda como
"chicles con propósito"; cuestan más que los normales, pero la gente
sabe que hace una buena obra. Esta tarde la niña se acercó conmigo y me trajo
esta caja de chocolates. Me dijo que del dinero que yo le doy estuvo guardando
un poco hasta que pudo comprar una caja y ahora quiere que la venda en la
tienda para que su hermanito también pueda ir a la escuela.
Mateo suspiró, su entusiasmo estaba ligeramente empañado por
la duda. —La tomé, pero no estoy seguro de que este sea el mejor camino. Si
solo me limito a venderles baratijas, ellos jamás saldrán de la pobreza. Y yo
no quiero que esa niña se conforme con migajas. Creo que no basta con cambiar
la mentalidad de la niña, esa ya se está transformando y seguramente ella
transformará la de su hermano. Creo que quienes tienen que cambiar son sus
padres. Si sigo vendiendo los dulces de sus hijos solo generaré dependencia en
mí, y son ellos los responsables de los niños. Además, más que velar por su
seguridad económica, deben ver que las ideas de crecimiento prevalezcan; si no,
se desvanecerán al primer problema.
Luciano escuchaba con atención, asintiendo. —Me gusta tu
actitud, muchacho. Así piensan los grandes. Pero eso va a estar difícil. Yo
conozco al padre. Resulta que de vez en cuando ocupo quien me ayude a cargar
ropa de la tienda al centro de lavado. Suelo tener empleados de fijo, pero
cuando hay demasiada ropa, empleo al padre de la niña. La verdad es que es
alguien que "se rinde rápido". Yo les pago por viaje, y a veces tengo
más de uno, pero él se conforma con uno y se retira porque "ya está
cansado". La madre intenta hacer maravillas estirando ese dinero, pero
nunca he visto que intente conseguir algún empleo. Si vas a hablar con ellos,
debes estar preparado con un plan, no con un sermón. De por sí sentirán que les
echas en cara que son pobres. Ahora, si les explicas que esa pobreza es por su
falta de perseverancia, seguro te sacan de la casa a patadas.
—Si algo he aprendido de Don Elías es que las palabras
adecuadas pueden mover engranes oxidados por desuso —dijo Mateo, pensativo.
—Me haría un gran favor si me da la dirección. —añadió
Mateo, cargado de una seriedad con aire de decisión definitiva.
—Claro, y a ver, déjame esa caja de chocolates aquí. ¿Qué te
parece si la ponemos aquí en el mostrador con uno de tus carteles? Así tendrás
dos puntos de venta para tus dulces con propósito, y podrás ayudar a más
personas. —dijo Luciano, mientras hacía espacio.
—Es usted una gran persona, Don Luciano, se lo agradezco.
—Nada que agradecer, muchacho. Uno cosecha lo que siembra, y
tú estás haciendo bien, así que te vas a encontrar muchas personas dispuestas a
ayudarte. Solo hay una cosa mejor que ayudar a los desvalidos, enseñarles a ayudarse solos. Y eso es justamente lo que estás a punto de hacer.
No te olvides de contarme cómo te fue.
Al salir, Mateo fue directamente a la casa de la niña.
Parecía como si temiera que su determinación se desvaneciera con el tiempo, así
que quería dar trámite a esa charla cuanto antes.
Al llegar, encontró una casa sumida en una pobreza extrema.
Justo al frente se encontraba el tendedero con el uniforme de la niña recién
lavado; la madre, cuidadosamente, había puesto unas bolsas de plástico a manera
de carpa para protegerla. Mateo supo al instante que la madre realmente sentía
orgullo por lo que su hija estaba haciendo.
Tocó la puerta decididamente y fue justo el hermano pequeño
quien abrió. Detrás de él apareció la madre, con una ropa tan vieja que parecía
que se rompería al primer roce. Mateo se presentó y la madre lo invitó a pasar
de inmediato. Pudo notar que la casa estaba limpia y las cosas ordenadas. Eso
le hizo entender que la madre era una persona responsable, lo que le hizo
preguntarse qué era entonces lo que pasaba.
—¿Qué lo trae por aquí, joven? —dijo la madre, mientras
acercaba una vieja silla remendada por doquier.
—Muchas gracias —dijo Mateo, mientras tomaba asiento,
esbozando una sonrisa.
—No sé si su niña le contó algo de mí, pero soy el muchacho
que le compra los chicles y los vende en la tienda.
—Claro, sé perfectamente quién es. Clara no para de hablar
de usted. Le está muy agradecida, sabe, y lo ve como un ejemplo a seguir.
Mateo esbozó una sonrisa. Clara, qué nombre más perfecto
para la primera luz que se encendió e iluminó la oscuridad de esta familia,
pensó.
—Yo por mi parte también le estoy sumamente agradecida por
haberle dado una oportunidad de estudiar a mi hija, algo que yo no tuve nunca y
que por lo mismo ni siquiera había considerado para mis hijos, pues siempre
pensé que eso no era para nosotros. Mi familia nació pobre, igual que la de mi
marido, ¿sabe? Y nuestros padres nos enseñaron que mientras menos quieres,
menos sufres por tu carencia.
Mateo suspiró, entendiéndolo todo. No era falta de interés,
era un paradigma de incapacidad y de pobreza arraigado en lo más profundo de
los padres lo que estaba detrás del problema.
—Le agradezco mucho la sinceridad, señora —dijo Mateo,
mientras sacaba un paquete de jamón y una bolsa de pan que había traído de la
tienda. —Mire, les traje este pequeño detalle por la intromisión a su casa.
—No tenía que molestarse, ya nos ha ayudado mucho —dijo la
madre, avergonzada.
En ese momento se abrió la puerta detrás de ellos y el padre
de la niña cruzó por el umbral.
—Bienvenido —dijo la madre, mientras señalaba al joven—. Nos
visita el joven que ayudó a Clara.
—Ah, ¿cómo le va, joven? Bienvenido a nuestra humilde casa.
Somos pobres y la verdad tenemos muchas carencias, pero lo poco que tenemos
está a su disposición.
Mateo miró al hombre y le dijo: —Sabe qué es lo que
realmente me ayudaría muchísimo? Si me regala un par de minutos. En esos
minutos, permítame hablar sin interrupciones, y cuando termine, entonces puede
decirme lo que piensa.
—Claro, es lo menos que podemos hacer por usted —dijeron
ambos padres.
—Yo no soy quién para venir a su hogar y hablar de acciones
buenas o malas, solo sé que soy alguien que recibió una segunda oportunidad,
probablemente inmerecida incluso, y que sabe lo importante que es la forma de
pensar en nuestras acciones y en cómo nos va en la vida. Le puedo decir de
experiencia propia que fueron las palabras del viejo del parque las que me
hicieron abrir los ojos y hoy les pido estos minutos no para juzgarlos, sino
para tratar de hacerles ver que afuera hay una vida diferente a su disposición
si están dispuestos a luchar por ella. Sabe, hay una cosa que me preocupa
mucho, y es que en sus hijos ya se está gestando la semilla del cambio. Ellos
ya empiezan a tener sueños, en especial Clara. Ha aprendido que hay formas de
tener el tiempo para ir a la escuela, algo que, según sus propias palabras,
toda la vida pensaron que no era para ellos. Ella está comenzando a esparcir
esa semilla en su hermano y hoy ha ido a verme saliendo de la escuela y me ha
llevado una caja de chocolates para que le ayude a venderla para que su hermano
también pueda estudiar. Eso habla de que entiende que las cosas no son gratis,
pero con la estrategia adecuada pueden alcanzarse. Mi viejo mentor me hizo
entender que uno ve las cosas como quiere, y yo quisiera que ustedes comprendieran
que, pese a que sus circunstancias son sumamente difíciles, hay oportunidades
ocultas y las cosas pueden ser suyas si luchan por ellas. La suerte no se
define en el nacimiento, la suerte se forja con esfuerzo, con metas alcanzables
que no ahoguen los sueños, sino que los fomenten con cada logro alcanzado. Así
lo he vivido yo estos últimos meses y es un ciclo constructivo que te va
llevando cada vez más alto, y no hablo solo de una mejora económica, sino
emocional; cada vez sueñas más grande y cada vez sueñas con que las personas
vivan eso que sientes en "la barriga", esa emoción y esa felicidad.
Uno quisiera que el mundo la sintiera y yo quisiera que ustedes se contagiaran
de esto, que entendieran que sus propios sueños pueden nutrir los de sus hijos,
pero sus inseguridades pueden terminar apagándolos. Si ustedes no rompen con
ese paradigma que han venido cargando en la familia por tantos años, sus hijos
vivirán exactamente igual que ustedes y por el orgullo que puedo sentir en sus
palabras al hablar de Clara y el cuidado inmaculado de su uniforme, puedo
percibir que ustedes quieren que ellos prosperen. Ese crecimiento debe comenzar
en ustedes como los cimientos de esta familia. Perdonen mi intromisión y por
cruzar una línea que probablemente invade no solo su hogar sino su orgullo,
pero mi intención no es humillarlos, sino por el contrario, hacerles ver lo
mucho de lo que son capaces, y todo lo que "se merecen", al contrario
de lo que ustedes creen. Tienen salud y son buenas personas; si tan solo
creyeran más en ustedes y en los frutos del esfuerzo, yo se que harían
grandes cosas. Hoy he pasado por el local de Luciano y he visto que tiene algo
de trabajo. Ese poco dinero bien administrado e invertido seguro que puede
hacer un cambio. Se los digo yo que empecé con cien pesos y hoy puedo darle a
Clara su dinero de los chicles y además he podido ahorrar quinientos pesos.
Ahora estoy pensando cómo invertirlos mejor, porque si los sigo reinvirtiendo
en chicles, la ganancia será muy poca. Creo que, si los reinvierto en algo más,
podré generar más ganancias. Si usted está de acuerdo, yo estaría encantado de
ver con usted cómo hacer crecer ese poco dinero extra que logre ganar, ¿qué le
parece?
Los padres guardaron silencio por un rato y Mateo temía lo
peor. Por un instante pensó que el padre lo sacara a patadas, justo como le
dijo Luciano.
Sin embargo, al terminar, la madre soltó el llanto y el padre solo pudo decir: —Muchas gracias. No por la oferta de ayudarme con ideas para invertir el dinero extra que yo haga, sino por decirnos que las cosas que hay afuera sí pueden ser para nosotros, por tonto que parezca cuando uno está dentro de este círculo de conformismo tan arraigado no ve las oportunidades, pues como le dijo mi esposa, nuestros padres nos enseñaron a no desear para no sufrir. Lo que realmente me ha convencido no es su argumento sino su historia; el hecho de venir de alguien en una situación igual o más difícil me hace creer que yo también puedo. Le aseguro que tomaré tantos viajes como sea posible con Luciano y en cuanto tenga un poco ahorrado, iré con usted y le tomaré la palabra, buscaremos cómo hacerlo crecer.
Los ojos de Mateo se humedecieron, pero el muchacho guardó
compostura y lo único que pudo responder fue: —Gracias por creer en mí. Sé la
responsabilidad que me acabo de echar encima y estoy dispuesto a luchar por
hacer valer cada palabra que he dicho.
Al salir de la casa de Clara, la tarde comenzaba a ceder el
paso a la noche. Él sabía que era tarde, pero no quería irse a su casa sin
hacerle una visita a Don Elías y contarle cómo había salido todo.
Al llegar a la casa, encontró las luces aún encendidas, lo
que lo animó a tocar.
—¡Pase! —respondió Don Elías desde adentro, al tiempo que
tosía varias veces.
El muchacho entró y lo primero que dijo fue: —¿Cómo se le
ocurre decir "pase" sin saber quién es y, peor aún, cómo puede tener
la puerta sin seguro?
—¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que se meta algún
maleante? —preguntó Don Elías, mientras se reía y tosía de nuevo.
—Yo no soy un maleante, si es a lo que se refiere, pero sé
cómo serlo, así que no me busque, porque en una de esas tomo el tostador y
salgo corriendo —dijo Mateo, riéndose.
—Mateo, no sabes lo bien que me hace sentir tu visita.
Necesitaba esa risa para recobrar las fuerzas.
Hace rato que no lo veo en el parque, ¿qué pasó? —dijo
Mateo, preocupado.
—Nada, solo son los achaques de la edad, ya sabe, los viejos
nos enfermamos por todo, pero esto pasará, ya verá, dentro de poco me verá en
el parque como de costumbre.
Elías se mentía a sí mismo. Él sabía que esto no pasaría, de
hecho, probablemente empeoraría, pero el muchacho no tenía por qué preocuparse.
Él estaba ahí para traer esperanza a Mateo, no para entorpecer su progreso.
—¿Y qué libro lee ahora? —preguntó Mateo con curiosidad,
mientras acercaba una silla a la cama de Don Elías.
—Ah, no es un libro. Finalmente saqué de su empaque esta
vieja agenda y esta pluma que han esperado décadas en la oscuridad.
—¿Y por qué no las sacaba?
—Sabes, mi esposa me las dio cuando aún estaba con vida,
justo antes de que nos separáramos por mi exceso de trabajo y la poca atención
que yo le ponía.
—¿Usted? Pero si es la persona más atenta que conozco y la
que mejor balancea su tiempo.
—Pero eso no ha sido gratis, muchacho, es el resultado de
incontables errores. Como te dije, los errores son oportunidades de aprender y
mejorar. Lo que ves hoy es la versión mejorada de un joven deseoso de éxito y
reconocimiento que no supo dar el tiempo a las personas importantes de su vida
y lo sacrificó todo por un sueño, descuidando la realidad. Siempre he sido un
lector empedernido, así que en las pocas veces que pasaba tiempo con mi esposa
no paraba de contarle de mis historias y ella me decía: "¿Cuándo
escribirás la tuya?". A lo que yo siempre decía: "Un día de estos, ya
verás". Ella sonreía, aunque sabía que probablemente eso nunca pasaría.
Justo antes de separarnos me dio esta agenda y me dijo: "Sé que un día te
llegará una inspiración incontrolable y ese día no esperarás a tener el tiempo
de escribir, sino que te harás el tiempo, usa esta agenda. La mitad tiene un
calendario donde puedes reservar los días que necesites para escribir y la otra
mitad tiene un cuaderno, donde puedes escribir tu libro". Lo guardé por
años, primero porque era un recuerdo muy difícil de enfrentar; no solo me
recordaba la ausencia de la persona que más amé y al mismo tiempo que más
descuidé. Luego, cuando finalmente encontré el valor, simplemente no tenía una
historia digna de escribirse en tan valioso cuaderno y no quería escribir en
ningún otro, pues le debía a mi esposa el escribir mi primer libro en su
agenda.
—¿Entonces ya encontró qué escribir? —preguntó Mateo con
emoción y genuino interés.
—No, en realidad el libro me encontró a mí —respondió Don
Elías, mirándolo, esbozando una sonrisa. Como de costumbre, Mateo no entendió que
hablaba de él.
—¿Y no puede contarme de qué trata?
—Por ahora no, pero un día lo verás, te lo puedo asegurar.
—Vamos, deme algo —dijo el muchacho.
Elías dijo: —Bueno, te diré que estoy en el capítulo 7 y
estoy pensando titularlo "El poder de la palabra que construye".
—Va, eso no me dice nada, igual está codificado con sus
versos de poeta empedernido.
—Estoy seguro de que pronto los entenderás —dijo Elías,
mientras ponía el cuaderno de vuelta en su mesita de noche.
Así pasaron más tiempo charlando y riendo. Mateo aprovechó
el tiempo para contarle su emocionante aventura y Elías sintió que el corazón
le explotaba de orgullo. Como bien había dicho, sus días de maestro habían
terminado, el muchacho se estaba convirtiendo en un maestro de otros, en un
verdadero líder.
Al despedirse, Elías prometió a Mateo que pronto lo vería en
el parque y Mateo, como siempre, creyó en todo lo que él decía.
Antes de salir, le dijo Elías al muchacho: —Toma los cien
pesos de mi cartera. Ese dinero será para diversificarnos. Mañana compra algo
que no sean dulces y llévalo con Aurelio. Dile que de favor nos ayude a
venderlo en el Búfet jurídico.
El muchacho ya ni siquiera intentaba rechazar el dinero. Él
sabía que para cualquier cosa que dijera, Elías tendría algo grandilocuente que
decirle y que él no podría refutar. Además, la idea del viejo era excelente: no
toda la gente come dulces, pero hay otras cosas que consumen.
—En mi próxima visita al parque, cuéntame qué compraste.
Tengo que llegar al final, se lo debo al muchacho, a mi esposa y a mí mismo.
🚀 Próximos Pasos de Liderazgo
1. El Poder de la Palabra: Comunicación Asertiva
En la lección de hoy, Mateo nos enseña que el liderazgo no se ejerce con gritos, sino con "Palabras de Hierro". Lograr que los padres de Clara escucharan sin sentirse atacados es el nivel más alto de la comunicación asertiva. Esta semana, identifica una conversación difícil que hayas estado postergando. No vayas con un sermón, ve con un plan. Recuerda: Las palabras adecuadas pueden mover engranes oxidados por el desuso.
2. El Despertar del Maestro: El Legado de la Agenda
Prepárate para la próxima entrega. Mientras Mateo expande su impacto, Don Elías ha comenzado a escribir en la vieja agenda de su esposa. En el Capítulo 8, veremos cómo Mateo intenta "diversificar" la inversión de Elías en terrenos desconocidos: el bufete jurídico de Aurelio. ¿Podrá Mateo mantener su esencia frente a la ambición de los nuevos abogados? La historia apenas comienza a escribirse.
➡️ ¡SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER Systemic Leadership en LinkedIn! Si quieres conocer el "porqué" técnico y humano detrás de cada lección. Allí, en la sección "Detrás de las trincheras", comparto cómo mi experiencia como ingeniero y líder moldea la filosofía de Don Elías.
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3. Conecta con la Comunidad
4. Lectura Adicional para Profundizar
Mientras se escribe el siguiente capítulo, te invito a explorar estos artículos de mi repositorio que conectan con la esencia de hoy:
🗣️ [El Poder del Lenguaje Corporal: Cómo Comunicarte de Manera Efectiva sin Palabras] – Mateo necesitó más que palabras para convencer al padre de Clara; necesitó presencia y seguridad.
🏛️ [¿Puedes ser estoico en un mundo caótico?] – La capacidad de Mateo para mantener la calma ante la pobreza y la desesperación de los padres es puro estoicismo en acción.
🤝 [Habilidades Blandas (Soft Skills) más Demandadas en 2025] – La negociación y la empatía demostradas hoy son las competencias que definen al líder del futuro.
🏦 [El Costo de Oportunidad Inesperado: Índice de Capítulos] – ¿Te perdiste algún detalle? Accede a la hoja de ruta completa y revive la evolución de Mateo.
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